31/12/2008

Un año más


En la Puerta del sol
como el año que fue,
otra vez el champagne y las uvas y el alquitrán
de alfombra están.
Los petardos que borran sonidos de ayer
y acaloran el ánimo para aceptar
que ya paso uno más.
Y en el reloj de antaño
como de año en año,
cinco minutos más para la cuenta atrás,
hacemos el balance de lo bueno y malo,
cinco minutos antes de la cuenta atrás.
Marineros, soldados, solteros, casados,
amantes, andantes y alguno que otro
cura despistao.
Entre gritos y pitos los españolitos
enormes, bajitos, hacemos por una vez
algo a la vez.
Y en el reloj de antaño
como de año en año,
cinco minutos más para la cuenta atrás,
hacemos el balance de lo bueno y malo,
cinco minutos antes
de la cuenta atrás.
Y aunque para las uvas hay algunos nuevos,
a los que ya no están echaremos de menos,
y a ver si espabilamos los que estamos vivos
y en el año que viene nos reímos.
1, 2, 3 y 4 y empieza otra vez
que la quinta es la una
y la sexta es la dos
y así el siete es tres.
Y decimos adiós y pedimos a Dios
que en el año que viene
a ver si en vez de un millón
pueden ser dos.
En la Puerta del sol
como el año que fue,
otra vez el champagne y las uvas y el alquitrán
de alfombra están...
¡FELIZ 2009!

28/12/2008

And I miss you

Miras el crepúsculo, ves el sol cayendo, sumiéndose y sucumbiendo a la noche que llega oscura, con una brisa fría pero seca y un olor intenso que te sabe a magia. Las estrellas brillan y con sólo la luz de la luna podrías caminar por el cielo, camuflado, vestido de negro, cual pantera sigilosa va en busca de su mejor presa.

Te detienes en medio de una calle y al fondo oyes un leve sonido que marca un compás y cada vez va subiendo el volumen, vas sintiendo el suelo vibrar, te sube un calor por las piernas que te hace mover, cerrar los ojos y tomar una bocanada de aire que, al principio parece limpio y luego algo viciado. Una voz te hace abrir los ojos y estás en un local, rodeado de gente agitando sus cuerpos, desafiando la música y desafiándose ellos, unos a otros. La voz se acerca a tu oído y sientes el calor de su vaho, hablándote al oído, mientras ves como al fondo dos personas se hacen una.

Tus pupilas se dilatan, miran, observan el alrededor y aún no logras reconocer la voz que escuchaste, ni siquiera saber de dónde viene.

Cuerpos, luces, sombras, música, alcohol, calor, sudor, piel, respiración, voces, frío, hielo, gota, copa, tacto, olfato, gusto, mente, miembros, roces, miradas, sonrisas, pasos…

…and I miss you

23/12/2008

En estas fechas

Año tras año, cuando llega la Navidad, nos vamos ilusionando con retos de cara al nuevo año, nos ponemos nuevas metas, pedimos nuevos deseos y nos proponemos ser mejores personas, más solidarios, ayudar a quién lo necesita y un largo etcétera que, en muy pocos de los casos, se cumple.

La Navidad es una época bonita, sí, pero se ha banalizado demasiado, tanto, que hasta ha perdido su significado. Y no es que su mensaje religioso y arcaico me guste, pero menos me gusta el mensaje y la imagen comercializados de ahora en el que lo que importa es la cantidad de regalos que des y que, por supuesto, recibas.

Creo que sobra decir que mientras nosotros, los del “primer mundo” nos gastamos cientos y cientos de euros en juguetes, cenas, trajes, zapatos, joyas, fiestas y demás cosas añadidas con el tiempo a la Navidad, los del “tercer mundo” pasan hambre, frío y se mueren de enfermedades terribles que acaban cada día con una cifra espeluznante de personas.



No quiero ser sensacionalista, ni pesimista y, mucho menos, dar lecciones de moral porque, como dice la canción, “siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo” y tengo que aplicarme el cuento yo también, además, porque tampoco soy quién para ello. Lo que sí quiero es que recapacitemos un poco, pero independientemente de que sea Navidad. Si nos paramos en medio de una avenida, en la que la gente corre cargada de bolsas, refugiándose del frío y bajo la luz de las luces, miramos a nuestro alrededor y pensamos un poco en el significado tan frío y frívolo que tiene todo aquello, nos daremos cuenta de que, a lo largo del tiempo no hemos sido otra cosa que marionetas que nos hemos dejado llevar por la publicidad de las grandes superficies y el consumismo navideño.

Da igual la época del año, da igual el día y la hora, da igual el lugar, la estación, el momento y da igual si hay regalos o no. Cualquier momento es bueno para desear lo mejor, pare reunirte con tu familia y amigos y cenar, almorzar, merendar o desayudar, para regalarles lo que te apetezca y cuando te apetezca, sin que te empuje a hacerlo el Carrefour o El Corte Inglés. Cualquier momento puede significar más que cualquier cena de Nochebuena, porque cualquier momento puede pasar y nunca volver; es cierto que nunca sabes cuántos turrones más vamos a poder compartir con nuestra gente, pero ¿no es cierto también que tampoco sabemos cuántos veranos, ni cuántas primaveras, ni cuántos cumpleaños, ni cuántas tardes, ni cuántos amaneceres, ni cuántos días de lluvia nos quedan?



Nunca sabremos cuál va a ser nuestro último suspiro o, peor aún, el de aquellas personas que más necesitamos. Por eso, mi mensaje hoy desde aquí es que, independientemente de las fechas que sean, disfruten el momento, rían, beban, lloren, griten, canten, diviértanse, hablen, discutan, coman, y pásenlo en grande… vivan la vida, siéntanla y disfrútenla.



Cada momento es único e irrepetible entre los momentos y es tan probable que mañana puedas recuperarlo como que no, ¿acaso piensas arriesgarte a dejarlo pasar? Yo no.






¡FELIZ NAVIDAD!

21/12/2008

La historia de un sábado

Ésta es la historia de un sábado, de no importa qué mes…


Anoche celebramos mi cumpleaños, junto con amigos y amigas fuimos a cenar, a tomarnos unas copas y luego a bailar (y a seguir bebiendo), para disfrutar también las vacaciones, que ya nos hacía falta un respiro.

La verdad que lo pasamos muy bien, nos reímos mucho y, al final de la cena, me sorprendieron cuando se apagaron las luces del restaurante y empezaron a cantarme el cumpleaños feliz, mientras el camarero me servía un postre adornado con una vela, simulando una tarta. Fue gracioso. Luego vinieron los regalos, los cuales me encantaron todos, y ya después nos fuimos de copas y de fiesta.

Desde aquí quería agradecer a todos por estar conmigo en un día tan especial, por compartir mis 22 añitos y por hacérmelo pasar tan bien hasta incluso olvidar las cosas más negativas que, anoche, no cabían en ningún sitio. También quiero agradecer a todos los que no fueron y que sé que aunque querían estar allí conmigo, no pudieron, así como a aquellos que se acordaron de mí y, a lo largo del día, me fueron enviando mensajes y llamándome para felicitarme.

Sinceramente… ¡GRACIAS! Espero poder seguir cumpliendo muchos años más para que podamos seguir compartiéndolos todos juntos.

Aquí les dedico, en agradecimiento, “El hombre del piano (Piano man)” una canción preciosa, de mis favoritas que, para mí, significa mucho. Espero que la disfruten tanto como lo hago yo cada vez que la escucho. Y, otra vez, gracias.

20/12/2008

Una vez en diciembre

Hace 22 años, una fría tarde de un 20 de diciembre (12) de 1986… nací.

Nunca fui un niño muy diferente del resto, o por lo menos tampoco me lo dijeron nunca. A medida que fui creciendo me fui desarrollando en un ambiente que siempre se consideró normal, fui al colegio, al instituto, tuve amigos, amigas, jugábamos, salíamos y hacíamos alguna que otra gamberrada propia de la edad. Siempre llevé gafas porque tengo una gran falta de vista y, con el tiempo y siendo ya un adolescente, empecé a notar y a sentir cosas dentro de mí que sí que me hacían sentir, al principio, mal, aunque luego este sentimiento cambiaría, pero también diferente a aquellos que a mi alrededor estaban, a aquellos que habían crecido, jugado, reído y llorado conmigo. Tal vez esa sea la razón, o una de las razones, por las que me tuve que hacer más fuerte, el objetivo era sobrevivir, me rodeé en la mayoría de los casos de gente mayor, miré hacia mi futuro y, bien o mal, olvidé mi presente un poco esperando que algún día todo cambiase.



Desde ese entonces las cosas han cambiado mucho, es increíble pensar cómo en relativamente poco tiempo mi mundo ha girado de tal manera que la comparación entre pasado y presente es casi imposible. Aunque no todo es tan diferente. Siempre fui un niño sincero, directo y con carácter, lo cual me trajo y me ha traído muchos problemas, puesto que es difícil, en general, que la gente quiera escuchar la verdad tal y como es, incluso a mí me duele a veces. También siempre fui visceral y decidido a la hora de hacer algo que quería o de tomar mis propias decisiones, nunca lo pensaba más de lo necesario, lo hacía y afrontaba las consecuencias fueran como fueren, asumiendo mi propia responsabilidad. Si bien es cierto que, con la madurez, el tiempo y las cosas que cada uno va viviendo, se pasa muchas veces de ver el blanco y el negro con la rebeldía de la adolescencia, a darte cuenta de que hay una amplia gama de grises entre los dos colores opuestos y que se puede ser sincero sin llegar a ser radical ni hacer daño con la verdad, aunque no estuviera mal decirla.



Creo que en todo este tiempo he ido cumpliendo poco a poco las metas que me he propuesto y, por eso, me siento bien conmigo mismo en ese sentido. Siempre hay cosas que hacer, lugares por descubrir, personas que conocer, rincones que explorar, cosas que mejorar… en definitiva, nuevas metas por plantearse conseguir y, como hasta ahora, espero seguir haciéndolo.

Por ahora, me va a tocar celebrar esta noche mis “dos patitos”, pedir unos cuantos deseos y esperar e intentar que en el nuevo año, que está a la vuelta de la esquina, se cumplan. Ya te lo iré contando aquí.


Hoy también, precisamente, este blog cumple 2 meses, así que parece ser que hoy es el día del número 2. Compraré un cupón y, si me vuelvo millonario, no sé si te lo contaré (jajaja).

¡Besos y abrazos!

17/12/2008

Hilar tan fino

Qué difícil es aceptar que “a menudo, lo que más deseas es lo que menos necesitas”, que, en el amor, no basta con querer o amar, que lo que para alguien puede ser la felicidad, para otra persona no sea otra cosa que el comienzo de una amargura.

Mientras ella sentía amor, él sentía vacío, cuando ella lo buscaba él intentaba no estar, si intentaba hablar con él sólo veía su espalda y, aunque permanecía callada esperando respuesta, el silencio se le hacía eterno y le dolía más que cualquier castigo físico.

Ella sentía que ya no podía llorar porque se le habían acabado las lágrimas, él se dejaba llevar sabiendo que aquel callejón que cada vez se le hacía más estrecho, no conducía a ningún lugar y mientras la llama que un día encendieron juntos se iba apagando, un frío invierno hacía congelar sus sueños, sus sentimientos, sus esperanzas.

Qué duro es aceptar que mientras piensas en alguien esa persona no está pensando en ti, que lo que uno necesita, al otro hace daño, que la luz con la que él veía, a ella la cegaba, desconcertándola, haciéndola perder el norte.
Qué triste es mirar al mar y ver sólo el desierto.


Qué cerca estás y qué lejos te siento,
parece que hay un muro entre los dos,
cuando consigo saltarlo
al otro lado ya has saltado tú.
Intento hablar pero es perder el tiempo,
parece que hay un mundo entre tú y yo,
cuando la vuelta le he dado
por el otro la comienzas tu.
Es de esperar que se rompa en pedazos,
es natural, pues cae desde muy alto.
Con esa luz que tejes tus tejidos,
la misma luz me ciega y no consigo hilar tan fino,
hilar tan fino, hilar tan fino,
me ciega y no consigo hilar tan fino.
Qué vivo está pero se está muriendo,
qué humedad hay a nuestro alrededor
y al llover sobre mojado,
lo mismo da que cuando no llovió.
Qué frío está el tálamo que ataño
era un volcan, pero hoy ya se apagó.
Sólo hay cenizas en mi boca,
sólo hay cenizas en mi corazón.
Es de esperar que se rompa en pedazos,
es natural pues cae desde muy alto.
Con esa luz que tejes tus tejidos,
la misma luz me ciega y no consigo hilar tan fino,
hilar tan fino, hilar tan fino,
me ciega y no consigo hilar tan fino...
...hilar tan fino.

15/12/2008

La mala educación

No, no voy a hablar de la película de Almodóvar, aunque la verdad que podría relacionarlo.
Cada fin de semana voy, religiosamente, a cumplir con mis ocho horas de trabajo diarias a la oficina de información donde trabajo. Trabajar de cara al público supone tener una serie de cualidades (y no me refiero a cualidades físicas) que, a veces, pienso que ni yo ni nadie “normal” en este mundo tiene; sobre todo, una paciencia del tamaño de Rusia.
Según unas estadísticas aproximadas que yo mismo he calculado muy por encima, sólo una persona de cada diez que se acercan a una oficina o ventanilla de información, o incluso a cualquier lugar que suponga una atención al público, usa las palabras “hola”, “buenos/as días/tardes”, “por favor”, “gracias”, “adiós/hasta luego”. Y repito, una estadística aproximada y echa, más bien, a ojo; no quiero imaginar cuál sería el resultado de un estudio hecho de manera seria. Muy hipotéticamente hablando, puedo decir que cada día que trabajo tengo conversaciones con 500 personas (muy por lo bajo también), lo que supone que de todas ellas, solamente 50 personas tengan una cierta educación. Yo no sé si a ustedes pero a mí los datos me alarman y hacen que mi paciencia se retuerza conteniendo las ganas de estallar y mandar a freír espárragos (por no decir lo otro) a las 450 personas que se creen que mis compañeros y yo somos máquinas o esclavos a su entera disposición. No me vale el argumento clasista “es que a ti te pagan por estar ahí y hacer eso”, ¡porque no!; a mí me pagan por atender e informar a las personas que lo desean, no por aguantar quejas sin sentido, malas caras, malos modos, contestaciones fuera de lugar, insultos, faltas de respeto… en definitiva, mala educación.

Lo peor de todo ya no son los datos que cito que, muy por debajo de la realidad, muestran lo que todos los que trabajamos cara al público tenemos que aguantar, sino que es mucho peor que sean las personas mayores los más maleducados, los mismos que luego se regocijan en su falsa moral, presumiendo en las conversaciones con argumentos del tipo “la juventud de ahora está echada a perder”, “¿y éstos van a ser el futuro del país?” o “los jóvenes no saben lo que es el respeto”. Luego tenemos el otro extremo opuesto, madres que vienen con sus hijos pequeños y son tan desagradables que, cada vez me topo con alguna, me pongo a pedirle a Dios, a Alá, a Jehová, o a quien narices maneje este mundo que sus hijos no sigan el ejemplo. Y no es que lo diga yo, pero es que está demostrado que los niños aprenden por imitación y si tú ves que tu madre es una ordinaria y una maleducada, probablemente y de forma inconsciente, se cree en ti una conducta similar, puesto que es lo que has aprendido y has visto como "normal". Gracias a “quien narices maneje este mundo” eso también va con las personas mismas y he comprobado que, en algunos casos, personas que no tienen un entorno familiar “estable” (llamémosle así), son cordiales, humildes, sencillos, al fin y al cabo, personas con educación.

Como buen sagitario tengo mi carácter y una paciencia que, aunque no es muy grande, tampoco es excesivamente pequeña y puedo sobrevivir a la vorágine que me supone ir a trabajar. Soy estudiante de turismo y, sinceramente, creo que no sé ni en qué mundo me estoy metiendo pero, lo bueno de todo esto, es que trabajos como el que tengo te ayudan a conocerte mejor, a tener un mayor control sobre ti mismo y a restar importancia a personas que no se merecen que se les dé más que la mínima. Gracias también a “quien narices maneje este mundo” acabo de salir de vacaciones y, hasta el 3 de enero, no voy a tener que aguantar a ningún… llamémosle “mal educado”.

Y para terminar mi discurso garrafal, cito a Herbert Spencer que dijo en una frase muy inteligente que “el objetivo de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás”.